“La Señora con el bebé del casquito”

Por : Catalina Saldarriaga

Miguel Santiago nació y entendí que realmente los hijos vienen con el plan de enfrentarnos a todos nuestros miedos.  Por su gran tamaño, nunca pudo ponerse en posición adecuada para el parto, estaba bastante estrecho y sentado, de tal forma que era cesárea obligada.  Hice doce mil piruetas con esa descomunal barriga para que se volteara,  me metí 200 veces a YouTube a ver videos de señoras que puedo jurar que tienen que ser contorsionistas, se paraban de manos y lograban que su bebé girara,  y cargué con una culpa irracional porque la gente suele satanizar la cesárea y señalarte como la peor madre si tu hijo no nace por parto natural.

AntesDuranteDespuesPor lo mal posicionado que mi hijo venía en el vientre, no desarrolló uno de sus músculos del cuello, impidiéndole el movimiento  completo de su cabeza, permanecía acostado siempre para el mismo lado y se quejaba cuando tratábamos de voltearlo.

Sin entrar en mucho detalle médico que no es del caso, esto resultó en que con un diagnóstico muy tardío de su torticolis congénita, a mi chiquito se le deformó la cabeza y comenzaron a desplazarse sus ojos y orejas en forma asimétrica, por la posición constante que tenía. Por tardarnos tanto en hallar su problema en el cuello, ya la deformación estaba muy avanzada,  sumándole que papá y mamá están en la lista de los más cabezones de Medellín (circunstancia obviamente heredada por el bebé), significaba que debía enfrentarme necesariamente a mi miedo más grande: Miguel necesitaba un tratamiento médico por Plagiocefalia Severa. Viajamos a Bogotá y afrontamos la realidad con el Neuropediatra.

El tratamiento era bastante divertido y de poco riesgo comparado con la cantidad de enfermedades tan duras que padecen otros niños, pero en ese momento no pude verlo, uno solo piensa en las mil películas que nos hacemos las mamás en la cabeza: “va a sufrir, le va doler, pobre bebé, quedará con un trauma, será que me odiará por hacerle eso”, pensé en Marcelino Pan y Vino, Forest Gump corriendo con sus prótesis en las piernas, y lloré mucho.

Adiciónale a eso pensar en qué historia voy contarle a la gente, porque todo el Verraco mundo quiere saber por qué tu hijo usa una orthesis craneal: “por qué tiene casco el bebé? ¿ayyy… pero no le talla? ¿No le duele? ¿Qué pecao, pobrecitoSi es necesario?  en mi época nos ponían almohada de lentejas, póngale una media velada.  Y yo pensaba:    ¿Aaahhh?  usted cree que si esto no fuera necesario,  a mí de puro parche, como por qué no tengo nada más que hacer, o por qué me gusta creerme la madrastra mala de cenicienta con mi hijo,  me dio por mandarle a hacer un casco porque la vasenilla que había en la casa no le cupo en la cabeza?           Creen que a mí me encanta ponerle una cosa extraña a mi hijo y que tengo simplemente una afición tardía a los muñecos de Lego?   Señora: la ciencia avanzó y la almohada de lentejas no le sirve a mi bebé porque usted no entiende que no puede mover el cuello, cómase usted las lentejas en una sopa si quiere y disfrácese con la media velada de ladrón de banco de película ochentera. Respiración profunda, segunda respiración profunda, y claro, como dice la Nuwe en su Blog: “Sonríe y hazte la guevona”

En los supermercados me decían: Señora ese casco lo venden en Pepeganga para que los niños no se golpeen, cuánto le valió?  Y yo les quería responder: no señor, es que el niño  lo usa para pegarle con él a la gente metida, y no le puedo responder el costo porque estoy peleando hace 11 meses con la supuesta mejor EPS del País que no quiere reconocer el tratamiento.

Otra señora en el ascensor del edificio, al ver a mi esposo que bajaba con su casco de la moto que conduce y yo con el niño cargado (que obviamente nos íbamos en el carro y el papá en la moto) nos mira con cara de irresponsables y asombro y nos dice,  ¿cómo van a montar a ese bebé tan chiquito con casco en esa moto? yo no sabía si reírme, responderle con rabia o irónicamente diciéndole que ya era campeón de bicicrós.

Lo cierto es que fue una espectacular aventura. Cada viaje a Bogotá fue un placer. En los aeropuertos, todo el mundo sabía quién era Miguel Santiago, jugaban con él, nos adelantaban fácil los vuelos cuando terminábamos más rápido la cita con el médico porque me veían con cara de pobre mamá soltera (obviamente mi esposo se tenía que quedar trabajando) con niño extraño. “Dejen pasar a la señora con el bebé del casquito” decían las azafatas por radio “le vamos dar abordaje prioritario en el vuelo que está saliendo a Medellín”. El resto de la gente que venía rogando por un cambio de su vuelo hace 20 horas me miraban con rabia, y yo simplemente ponía cara de ternera abandonada, aprovechando los privilegios que no durarían mucho tiempo.

Efectivamente nos ahorramos muchos golpes en su proceso de aprender a gatear y caminar, ya no nos requisaban en seguridad del aeropuerto, “usted es la señora con el bebé del casquito que viaja cada 8 días, siga tranquila”, un día se me olvidó llevar el registro civil de nacimiento de Miguel porque por error metí el registro de matrimonio. El policía estaba tan fascinado con el bebé que me dejó pasar, ni siquiera se dio cuenta que el papel no me acreditaba como madre del Infante Viajero, sólo como esposa de un señor que ni siquiera estaba a mi lado. Cantábamos, mecatiábamos pasteles, y terminábamos muy cansados de cada ida a Bogotá, pero fue un espacio único, que hoy no cambiaría por nada. Mi esposo, mi compañero y cómplice de locuras le sumó diversión al tema mandando a hacer diseños divertidos a los 2 cascos que tuvo Miguel: motociclista, de máquinas, de plaza sésamo, de Mr.Gummy Man (como tiernamente lo llamamos porque es blandito y rellenito).

Miguel Santiago me enseñó a ver la vida con los ojos de un niño. Mi bebé disfrutó su tratamiento a más no poder. Conocido en Medellín como el Bebé del Casquito, el Bebé Motociclista, era figura pública, escuchaba en la calle como los niños más grandecitos les decían sus papás:  “Papí que nota ese bebé motociclista, yo quiero un casco de esos”  Fue sin lugar a dudas el cachetón más feliz mostrándome que parte de ser mamá es enfrentarnos a vencer el miedo con optimismo, divertirse en medio de los obstáculos, encontrar en los problemas la alegría de estar juntos. Fue una cachetada de la vida que me dijo: “tu temor más grande es un bobada, todo pasa, esto tiene solución, que no te coja el tiempo sin que goces el amor de tu hijo

Miguel no sintió su casco, nunca le produjo incomodidad y yo en medio de mi intensidad me pasaba noches mirándolo si dormía cómodo, obviamente de sobreprotectora no dormía yo, y mi bebé roncaba como su papá plácidamente.  Le trajo muchas risas de toda la gente que lo miraba con ternura. Cuando se lo quitábamos para bañarlo se sentía extraño, y me pedía que se lo pusiera, dándome a entender que la única loca que creía que la vida era difícil con casco, era yo.

Fueron 12 meses de tratamiento, casi toda la etapa de bebé de mi hijo. Pero hoy me siento Orgullosa de Ser Mamá de Miguel Santiago. Me enseñó que como adultos  nos complicamos más de la cuenta, que las pruebas son oportunidades de crecer, de gozarse cada instante, de disfrutar de aventuras que de otro modo no se hubieran pasado por tu camino.  Hoy extraño ver sus cachetes estripados por el casco (se veían más grandes y provocativos para llenarlos de besos) y doy gracias todos los días por el maravilloso regalo de tener a mi Monito hermoso que me da lecciones de amor todos los días.
Escrito por Catalina Saldarriaga

Joy

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6 comentarios en ““La Señora con el bebé del casquito”

  1. andrea lasso dijo:

    Excelente experiencia y que gran ejemplo para las mamas que nos complicamos por cosas simples y no aprovechamos momentos valiosos, como siempre todos los dias aprendiendo algo para la vida!!!

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  2. Viviana Zapata dijo:

    Me gustó mucho leer tu historia, a mí me pasa algo parecido con mi hija de 4 años, pues nació con estrabismo, y la desviación de sus ojos se hizo muy evidente al cumplir un año, para este tiempo empezó a usar gafas y los comentarios de la gente no se hicieron esperar, cosas como: “que pesar, tan chiquita y con gafas”, o “esas gafas son adaptadas o se las ponen de juguete” ? al principio sufría mucho por lo que pudiera causarle a mi niña, pero ella desde la primera vez se adaptó muy bien. Cuando cumplió 2 fue necesario operarla pues con las gafas y terapias de ortóptica no era suficiente, obviamente mi esposo y yo tuvimos mucho miedo, pero definitivamente los niños tienen una fuerza y una facilidad increíble para afrontar estas situaciones. Después de la cirugía en ambos ojos debía usar lentes oscuros para cuidarse de la luz y del polvo, y nosotros conseguimos unas de color morado, con piedritas brillantes. pues para que la niña las viera bonitas y le gustaran. Un día íbamos precisamente para una cita de control cuando en el ascensor se subió una señora muy encopetada ella, y al ver a mi hija con gafas oscuras dijo: “ja! estas niñas de ahora no se dejan criar, tan chiquita y con esas cosas… cómo será cuando cumpla los quince”?? yo no sabía si reírme o enojarme o llorar y hasta pensé decirle…señora no sea metida que es que la niña es ciega!!…. pero después de contar hasta 10.000 a la velocidad de la luz, sólo pude decir: Manu dile que fue que te operaron de los ojitos y tienes que protegerlos. La señora casi se va de espaldas, no sabía para donde mirar, le provocaba parar el ascensor y salir corriendo… yo sonreí (y me hice la guevona) y dije hasta luego!.

    La verdad no es fácil ser diferente, uno pensaría que ver gente usando gafas es muy normal, pero extrañamente la gente se asombra. Afortunadamente para nosotros es algo muy cotidiano, mi esposo también usa y para mi hija son parte de su ser, y yo ya no me la imagino sin ellas.

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  3. Adriana Rojas dijo:

    Hola! A qué edad diagnosticaron a tu bebé? Tengo un chiquitín de 6 meses a quien se le está aplanando mucho la cabeza en la parte de atrás y la forma de su cráneo no es pareja. Cómo hiciste para dar con el tratamiento? Gracias por la info.

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