Niños sin Apodos

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Por: Carolina Hernández

Decimos algunas barbaridades en tono de charla, ponemos apodos innecesarios y no somos conscientes de que probablemente estemos programando pequeños cerebros para situaciones inadecuadas.

Creo que las mamás somos poco conscientes del poder que le dan los niños a lo que decimos. Nosotras representamos gran parte del universo de un hijo entre los 0 y los 4 años, edad en la que además reconocen las palabras y desarrollan su propio lenguaje. Los niños, por lo general, nos han conferido el poder de moldear sus cerebros e impactar sus vidas para siempre. Y nosotras no sabemos usar con responsabilidad ese poder.

El cerebro es literal, sin análisis y sin sentido del humor. Entonces por más que le digamos a nuestros hijos “moscorrofio” con todo el amor del mundo y en tono de charla, sus cerebros no lo captan así. Ese cerebro crece sintiéndose un “moscorrofio” y aprende a subestimarse a sí mismo. Pasa igual con “mi rey”, “terremotín”, “fierita”, “cosita”, “mi gordo”, “enanito”, “ñaticas”. Todos los apodos son entendidos por los niños como verdades absolutas, no son filtrados ni entendidos como “un decir”.

Estoy segura que ninguna mujer que llame “terremotín” a su hijo, lo hace pensando en generar un niño inquieto, dañino y brusco. Pero es probable que ese niño que comenzó a descubrir el mundo con conductas pasadas de los límites, entienda que cuando su mamá le dice “terremotín” es una aprobación a esas conductas, y las replique en el tiempo e incluso aumente sus niveles de “necedad” para ser un terremoto con más fuerza.

Es desde la cotidianidad desde donde mejor podemos enseñarle a nuestros hijos a manejar sus emociones y a hacerse responsables de lo que dicen y hacen. Hay algunas prácticas que debemos convertir en hábitos y una de las más importantes, en mi opinión, es llamar las cosas por su nombre. Sin exagerar la realidad y sin negarla, debemos aprender (y de esa manera enseñamos) a nombrar las situaciones como son, para que esas situaciones puedan ser controladas por nosotros y los niños, sin que lo que pasa nos controle.

Elegimos un nombre que cada quien considera hermoso para su hijo, pero desde que definimos el nombre, empezamos a pensar “cómo le vamos a decir al niño”. A los niños hay que llamarlos por su nombre, dicho con amor y respeto, para que cuando salgan a la calle y los llamen por su nombre no se sientan regañados, para que cuando alguien diga su nombre se sienta seguro de levantar la mano y decir “ese soy yo”.

Y si no podemos controlar nuestra tendencia de decirle a nuestros hijos algo diferente al nombre, digamos sustantivos sanos que no califiquen como “amor”, “cielo”, “hijo”, palabras que no minimicen ni engrandezcan al niño, palabras que le permitan sentirse identificado en este mundo y que le den herramientas para ser él mismo cuando esté en otros entornos.

No se trata de mentir o de negar la realidad. Habrá niños orejones, flacos, gordos, inquietos, bajitos, o comelones. Pero no creo que sea necesario destacar condiciones físicas ni resaltar conductas con nuestras palabras. En especial, no creo que esa deba ser la manera como los nombremos ante el mundo y mucho menos con el tono de burla que en ocasiones le ponemos a esos apodos. Creo que ante situaciones reales debemos preparar emocionalmente a nuestros niños para asumirlas y afrontar los posibles señalamientos del entorno, pero no debemos ser nosotros quienes los señalemos.

Me arriesgo a afirmar que podríamos prevenir delirios de grandeza, complejos de inferioridad, fobias y temores desde la manera como nombramos a nuestros hijos. Así que, aunque de verdad el hijo menor se porta como un terremoto, me comprometo a llamarlo “Lorenzo” o “hijo” y espero que superemos pronto su etapa de descubrimiento.

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